El neón solo brilla de un color
Casi todo el arcoíris de una calle de noche es prestado; el gas que dio nombre a los letreros tiene un único y terco rojo anaranjado.
El neón se aisló en 1898, y hacia 1910 el ingeniero francés Georges Claude ya encendía tubos de neón en París. Si se aplica alta tensión a un tubo de vidrio sellado con neón puro a baja presión, da un solo color, un rojo anaranjado cálido. Los azules salen del argón con una pizca de mercurio, y casi todos los demás tonos, de recubrimientos de fósforo dentro del vidrio o de tubos tintados, así que la palabra neón en un letrero describe muchas veces un oficio más que una química.
Los tubos se siguen doblando a mano, calentados tramo a tramo sobre una llama de gas hasta que el vidrio cede, y a menudo un solo tubo tiene que escribir una palabra entera. Las uniones entre letras se pintan de negro sobre el vidrio para que queden apagadas, y por eso una foto de cerca de un letrero antiguo muestra pequeños puentes opacos entre los trazos encendidos. Muchos letreros instalados hoy son tiras LED dentro de una funda de silicona: brillan de forma más pareja, gastan menos y no zumban, pero pierden el leve parpadeo y el halo suave que una descarga de gas proyecta sobre una pared mojada.
El rojo del neón también se le resiste a la cámara. La señal se acumula en el canal rojo y se satura mucho antes de que el resto del encuadre tenga luz, así que un letrero que en persona parecía rojo intenso suele quedar como una mancha naranja y plana con las letras perdidas dentro; los fotógrafos cuidadosos exponen para el tubo y dejan que la calle se oscurezca. En una pantalla el color se reconstruye con subpíxeles rojos, verdes y azules, y el rojo anaranjado del neón queda cerca del límite de lo que puede mostrar un monitor estándar, de modo que la versión en fondo de pantalla siempre es una copia algo más mansa del tubo.