Un fondo que sigue la hora del día
Un escritorio atado al sol pide menos atención que uno que cambia por temporizador.
El mecanismo es más simple de lo que parece. Un escritorio dinámico es un único archivo con una docena larga de tomas del mismo encuadre, cada una etiquetada con la altura y el azimut del sol en el instante del disparo; el sistema calcula dónde está el sol en tu latitud y coloca la toma más cercana. No genera nada ni tiñe nada. La imagen de las cuatro de la tarde en diciembre no es la de las cuatro en junio, porque el sol no está en el mismo sitio y el archivo está indexado al sol, no al reloj.
En el uso diario casi no se nota, y ahí está la gracia. El cambio ocurre detrás de una ventana a pantalla completa y lo descubres después, por el borde de un navegador encogido, cuando ya han pasado dos tomas. Como todas las tomas de un juego salen del mismo trípode, la secuencia se lee como un lugar que envejece a lo largo de un día y no como un sorteo de paisajes sueltos; esa continuidad es lo que evita que parezca una presentación corriendo de fondo.
Conviene saber cómo falla antes de instalar un juego. Si el balance de blancos no coincide entre tomas, o una nube se ha movido de una a otra, cada salto se lee como un error y no como meteorología, y acabas vigilándolo. Un juego de dieciséis tomas a resolución completa ronda los cientos de megabytes, un precio alto para algo que solo ves a retazos. Cuando está bien hecho, la pantalla hace lo que una imagen fija no puede: va medio paso por detrás de la ventana y te deja notar la hora sin consultarla.