Estelas: las líneas que el cielo olvida
El único borde recto en un lugar que no tiene uso para los bordes rectos.
El cielo está hecho de curvas y de bordes deshechos, y de pronto algo traza una recta encima. Esa línea es escape convertido en hielo: agua que salió caliente de un motor y encontró aire lo bastante frío para congelarla en el sitio. Solo aparece donde el aire es frío y húmedo a la vez, y por eso hay tardes cruzadas de estelas y tardes en las que no queda ninguna.
Lo curioso es la rapidez con que dejan de ser rectas. Una recién hecha tiene el borde duro y el centro brillante, de hace un par de minutos. Una hora después la misma línea se ha ablandado y ensanchado, doblada por vientos que eran invisibles hasta que hubo algo que doblar, y al anochecer ya no se distingue de un cirro cualquiera. El avión aterrizó hace rato; la frase que escribió sigue difuminándose.
En el crepúsculo son lo último iluminado. El suelo se ha vuelto azul, las nubes se han enfriado y una estela a ocho kilómetros todavía recoge un sol que aquí se puso hace veinte minutos. En una pantalla esa imagen se lleva bien con el día: un cielo vacío con una sola línea cruzándolo le da al ojo una dirección y ninguna otra tarea.