La hora azul: los veinte minutos en que el sol ya se fue
El cielo todavía alumbra, las farolas ya están encendidas y, por una vez, ninguno gana.
El sol ya se ha ido y, sin embargo, nada se ha apagado. Durante unos veinte minutos el cielo sostiene un azul más hondo que el día y más delgado que la noche, y las primeras farolas se encienden dentro de él, no en su contra. El fotógrafo espera este rato menos por el color que por la aritmética: el cielo y las lámparas llegan por fin a brillos parecidos, y una sola exposición cabe con los dos.
De día, una ventana encendida es apenas un agujero blanco en la foto. En la hora azul se convierte en un rectángulo cálido dentro de un campo frío, y los dos colores se hacen un favor. El obturador queda abierto uno o dos segundos: el agua se aplana, las nubes se corren un poco y el tráfico deja de ser un coche para ser una línea. Nada dentro del encuadre va deprisa, y el encuadre lo acepta.
Termina sin avisar. El azul sigue bajando hasta quedarse en negro, y la exposición que servía hace cinco minutos deja un cielo apagado con unas farolas quemadas. En una pantalla, esa ventana breve resulta la más útil: bastante oscura para que los iconos blancos estén tranquilos, con suficiente color para que el fondo no parezca desconectado. Se comporta como una habitación con la luz baja.