La ciudad, antes que nadie
Durante una hora al día, toda metrópolis se convierte brevemente en una colección privada.
Hay una hora — más o menos entre el último autobús nocturno y el primer expreso — en que una ciudad de millones pertenece a quien se haya molestado en levantarse. Persianas de comercio bajadas, semáforos parpadeando en ámbar para nadie, calles tan vacías que enseñan su forma verdadera.
Los fotógrafos custodian esta hora con celo. La luz está limpia, las aceras vienen recién enjuagadas — por la lluvia o por los barrenderos — y cada composición llega sin esperar a que la multitud abra un hueco.
Un fondo de calle vacía se lee distinto que uno bullicioso: no solitario, sino temprano. Y halaga a quien desbloquea el teléfono: usted y la ciudad, los dos en pie antes que todo el mundo.