De día, un desierto actúa el calor. De noche, actúa la distancia. Sin humedad que la difumine y sin ciudad que la opaque, el cielo sobre un campo de dunas se hunde más profundo de lo que la mayoría ha visto jamás: estrellas hasta el mismo horizonte, donde parecen aterrizar en la arena.
Estas fotografías emparejan los dos grandes minimalismos, la duna y el campo estelar, uno trazado por el viento y otro por la gravedad. Entre ambos brilla una tienda, o serpentea una rodada de todoterreno: pequeña prueba de que alguien fue testigo.
Es el raro fondo de pantalla que es a la vez cálido y cósmico. La arena recuerda la tarde; el cielo nunca ha oído hablar de ella.
In this collection