Dos cielos por el precio de uno
Un lago quieto de noche es el único espejo que la Vía Láctea acepta usar.
Los astrofotógrafos buscan lagos como los retratistas buscan la luz del norte. El agua duplica el cielo, y en una noche sin viento la duplicación es casi perfecta: estrellas arriba, estrellas abajo, y un horizonte que se convierte en bisagra entre dos universos idénticos.
Cada encuadre de aquí exigió tres clases de suerte a la vez: cielo despejado, calma absoluta y una luna lo bastante educada para mantenerse al margen. Cuando todo cuadra, la fotografía deja de parecer un paisaje y empieza a parecer una idea.
Como fondo de pantalla hace algo que ningún campo de estrellas a secas consigue: le da al cosmos un primer plano en el que uno podría estar de pie. El universo, con orilla.