El edificio que está vivo
Un arrecife de coral es arquitectura, ciudad y población al mismo tiempo.
A treinta metros de profundidad, la luz del sol llega ya azul, y todo lo que quiera otro color tiene que hacerlo él mismo. Los arrecifes obligan de manera extravagante: corales en tonos pasteles minerales, peces en colores que serían vetados en cualquier reunión de diseño por considerarlos excesivos.
Las fotografías aquí fueron elegidas por su claridad por encima del espectáculo: un solo pez en retrato, cabezas de coral como explosiones lentas, ese gradiente particular donde las aguas poco profundas de color turquesa caen en un azul intenso.
Un papel tapiz submarino hace algo que ningún paisaje puede hacer: elimina el horizonte por completo. Sin subida, sin distancia, sin horario. Sólo azul, continúa.