Bases planas de nube: donde el aire se vuelve agua
Las nubes de verano son desordenadas arriba y están cortadas a regla por abajo, y esa recta es una medición.
Un cúmulo de buen tiempo puede hacer lo que quiera por arriba y casi nada por abajo. Las cimas hierven, se inclinan y cambian de forma mientras las miras; las bases se quedan en un mismo nivel, como si el cielo tuviera un suelo a mil doscientos metros y las nubes descansaran sobre él. Todas las nubes a la vista comparten ese suelo, y eso es lo raro: cien masas de aire separadas, ninguna en contacto con otra, poniéndose de acuerdo en una altura con un margen de pocos metros.
La razón es que todas están midiendo lo mismo. El aire calentado en el suelo asciende y se enfría alrededor de un grado por cada cien metros de subida, y conserva su humedad durante todo el trayecto. A la altura en que su temperatura se encuentra con su punto de rocío, el vapor condensa y se hace visible; por debajo de esa línea hay exactamente la misma agua, solo que todavía en forma de gas. Los meteorólogos lo llaman nivel de condensación por ascenso, y puede estimarse desde tierra: toma la diferencia entre temperatura y punto de rocío en grados Celsius y cuenta unos ciento veinte metros por cada uno.
Para una fotografía, la base plana consigue algo que la cima hirviente no puede: añade al encuadre una horizontal por encima del horizonte, y el ojo la lee como techo y no como objeto. Las caras inferiores son grises porque la luz se ha dispersado por el camino, así que la imagen se reparte sola en cimas claras, fondos planos en sombra y el hueco azul intermedio. Es una composición que el tiempo arma solo, y aguanta en pantalla porque la línea es lo bastante recta como para sostener una fila de iconos sin discutir con ellos.