Fondos animados y lo que cuestan en voz baja
Un bucle de nieve cayendo se ve inmejorable en la ficha de la tienda y pésimo a las cuatro de la tarde con batería.
El fondo animado es fácil de desear. En la ventana de vista previa siempre es lo más vivo de la página: olas que no dejan de llegar, nieve que nunca termina de posarse, partículas a la deriva que parecen prometer que la máquina sigue despierta. Ninguna imagen quieta compite con el movimiento, y por eso mismo la comparación es tramposa.
El coste no tiene misterio, solo es invisible. Un fondo en marcha obliga a la GPU a decodificar y dibujar fotogramas mientras el escritorio esté a la vista, y en un portátil eso se traduce en un reposamanos más tibio y una hora menos de autonomía. Casi todos los sistemas pausan la animación en cuanto un juego o un vídeo ocupan la pantalla completa: el propio sistema admitiendo que el fondo nunca fue lo importante.
Queda la aritmética honesta de cuánto lo miras de verdad. El escritorio pasa el día debajo de las ventanas y solo aparece en el segundo que va entre cerrar una cosa y abrir otra. Para ese segundo una imagen fija basta de sobra, con la ventaja añadida de no hacer absolutamente nada durante el resto de la jornada.