El gris baja la voz
En un día nublado no falta nada; la luz solo ha dejado de tomar partido.
Una mañana cubierta se lleva las sombras y casi todo el mundo lo apunta como pérdida. Lo que en realidad se va es la discusión entre el lado iluminado y el lado oscuro de las cosas. Lo que queda es el color propio de cada objeto, dicho en voz más baja. Una puerta roja bajo un cielo plano sigue siendo roja, solo que ya no necesita anunciarlo.
Quien fotografía con tiempo gris aprende pronto que el gris es un rango y no un punto. La piedra mojada tira a azul, el revoque viejo tira a amarillo, la niebla marina se coloca entre ambos y cambia según la distancia. Puestos uno al lado del otro, el ojo los separa enseguida, aunque el cuentagotas insista en que los tres rozan el neutro.
Ese rango estrecho es justamente lo que hace que el gris funcione detrás de un escritorio. Los iconos conservan su color, las carpetas siguen encontrándose y lo único saturado en la pantalla es lo que uno mismo ha puesto ahí. Un fondo gris es menos una imagen para mirar que una habitación con la luz encendida.