La fotografía de vuelo es una lotería jugada a un milésimo de segundo. Por cada fotograma de esta colección, hay una tarjeta de memoria en algún lugar con doscientos aleteos rechazados. Lo que sobrevive es el instante improbable: alas en máxima extensión, mirada nítida, cielo dispuesto de fondo.
Aquí hay dos tipos de imagen: el retrato, donde un único pájaro se adueña del encuadre, y la murmuración, donde diez mil estorninos se convierten en un solo animal sin dirección fija.
Un pájaro volando en la pantalla de bloqueo apunta hacia algún lado, y eso resulta importar. Las pantallas llenas de horizontales se sienten asentadas; un ala en diagonal las desestabiliza justo lo necesario.