Líneas del campo: cercas, surcos y los bordes que dibujamos
El campo cultivado es el dibujo más grande por el que se nos permite caminar.
Los postes se clavan cada tres metros, más o menos, porque esa es la distancia que aguanta un alambre antes de descolgarse sobre la hierba. Una cerca es una decisión puesta a la vista, y la línea suele durar más que la discusión que la trazó. En el campo antiguo el seto que hace ese mismo trabajo puede tener cuatro siglos: un límite que sigue vivo porque se poda cada invierno.
El surco obedece a otra lógica. Sigue la curva de nivel en lugar de bajar recto, porque el agua que toma el atajo se lleva la tierra, así que el arado gira y la parcela queda peinada. La luz rasante de la tarde recorre esas rayas y la ladera se vuelve pana; al mediodía el mismo terreno queda plano y sin nada que leer.
De lejos, las líneas hacen el trabajo que se le suele encargar a una carretera: se estrechan, convergen y pasan la mirada hasta el seto del fondo, sin el relato que trae siempre una carretera. En una pantalla eso resulta descansado: algo para seguir más que algo para mirar, con la geometría dentro y el barro fuera del encuadre.