El suelo del bosque: la altura donde nadie se pone
Por debajo de la rodilla el bosque guarda un segundo paisaje: raíces, musgo, hojas del otoño pasado y una luz que ya pasó dos filtros.
Casi todas las fotos de bosque se hacen a metro y medio, o mirando hacia las copas. Baja el trípode a la altura del tobillo y el mismo trozo de monte se convierte en otro país: raíces que se cruzan como una caligrafía torcida, una hoja que lleva en el mismo sitio desde octubre, un hongo pequeño en la cara sombría de un tronco caído. Nadie se pone a esta altura, y por eso sigue pareciendo un lugar desconocido.
Aquí la luz llega de segunda mano. Las copas se quedan con el primer corte, el sotobosque con el segundo, y lo que alcanza al musgo es blando, verde y lento: el obturador se queda abierto más tiempo del que necesitaría tres metros más arriba. Con el diafragma abierto del todo, la profundidad de campo se reduce a unos milímetros, lo justo para que un helecho mojado quede nítido mientras el resto del bosque se deshace en verde. La lluvia ayuda: el musgo empapado gana color y cada gota funciona como una lente diminuta con los árboles del revés dentro.
En una pantalla esta clase de imagen se porta bien precisamente porque no tiene horizonte ni protagonista. La textura llega a los cuatro bordes, nada en el centro exige mirarse primero y los iconos caen donde caigan sin aplastarle la cara a nadie. Es un paisaje que no te pide nada, que después de ocho horas de ventanas abiertas es algo bastante razonable de pedirle a un fondo de escritorio.