Amarillo: el color que llega primero
El tono más brillante de cualquier pantalla, y el más difícil de mantener callado.
El amarillo llega al ojo antes que el resto del encuadre. Un campo de mostaza, una hoja que empieza a virar, la única ventana encendida en una calle gris: ya has mirado ahí antes de decidir qué estabas mirando. Está tan arriba en la escala de brillo que se comporta menos como color y más como una pequeña fuente de luz.
También es el primero en romperse. El amarillo se satura antes que el rojo, y un fotómetro que lee un campo encendido baja la exposición hasta que todo lo demás se ensucia. Quien fotografía la colza en primavera aprende a cerrar medio paso de diafragma y dejar el resto al obturador, o sencillamente a esperar a que el sol baje lo suficiente para que el amarillo vuelva templado y no crudo.
En una pantalla ocurre lo mismo, con menos ruido. Una superficie amarilla grande levanta todo el escritorio y deja los iconos sin sitio donde apoyarse; una pequeña, una lámpara, una hoja, una franja cerca del borde, hace el mismo trabajo sin ocupar la habitación. El amarillo funciona mejor como un detalle que se encuentra, no como el fondo que se mira todo el día.